Nacionales: Cinco años sin Charlie Watts: del hombre elegante del swing indescifrable al día en que hizo con Mick Jagger lo que nadie se animó
24/08/2026
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El 30 de agosto de 2019 ofreció su último show con los Rolling Stones y quiso el destino que fuera “Satisfaction” la última canción; dos años después, a los 80, murió y enlutó a todos los amantes del rock and roll
Se cumplen cinco años de aquel tristísimo 24 de agosto de 2021 en el que nos quedamos sin el corazón latiente de los Rolling Stones. Y cuanto más tiempo pasa, más se agiganta la figura de Charlie Watts. En un ecosistema tan dado al exceso, el exhibicionismo y las mitologías de utilería, Charlie representó la victoria definitiva de la elegancia sobria. No solo era el sostén rítmico insustituible de los Rolling Stones; era su ancla moral, el aristócrata del swing que miraba el circo del rock and roll con una distancia tan distinguida como sutilmente irónica. No fue casualidad que el primer documento cinematográfico sobre los Rolling Stones (filmado por Paul Whitehead durante la gira de la banda por Irlanda en 1965) se llamara Charlie is my Darling, algo así como “Mi querido Charlie”, fue acaso el título más apropiado que podía recibir aquel primer retrato cinematográfico de los Rolling Stones: la cámara, como terminaría ocurriendo con buena parte de quienes conocieron al baterista, y por declaraciones del propio director, parecía tener una debilidad especial por Charlie Watts, quien, curiosamente o no, siempre fue el Stone más aplaudido por el público en las presentaciones de los miembros de la banda en los recitales.Su personalidad era un monumento al bajo perfil. Mientras Mick Jagger acaparaba los reflectores y devoraba el escenario con su hiperactividad, Charlie permanecía al fondo, inmutable, perfectamente encorbatado y enfundado en sus trajes a medida de Savile Row —de los que era un verdadero conocedor y coleccionista—. No le interesaban las mieles del estrellato, las groupies ni el exhibicionismo mediático. Con una disciplina casi monacal y un gesto austero pero jamás distante, Charlie salía al escenario a hacer su trabajo: sostener la máquina rítmica más grande de la historia. Ese contraste entre la furia escénica de la banda y su impavidez tras la batería era, en sí mismo, una declaración estética. Su estilo detrás de los parches era pura economía de recursos al servicio del groove.En una época signada por los solos interminables de batería y los kits monumentales con doble bombo, Charlie tocaba con una configuración básica y una sutileza propias del jazz. Tenía una particularidad técnica magistral: en muchos de los patrones rítmicos, al golpear el tambor con la mano derecha levantaba ligeramente el palillo del hi-hat. Ese minúsculo silencio generaba un aire, un latido único, que le daba a las canciones de los Stones ese contagiable e inimitable swing. Los Stones nunca fueron una banda de rock duro tradicional. Eran una demoledora máquina de swing propulsada por el pulso de Watts. Nadie entendía mejor esto que sus propios compañeros de ruta. La dinámica entre la guitarra rítmica de Keith y la batería de Charlie fue el auténtico motor de la banda, un diálogo sincopado basado en la intuición y en décadas de complicidad.Para Keith, Charlie era el jefe definitivo, el único al que respetaban sin discusión en el caos interno del grupo. Bill Wyman, el histórico bajista de la banda supo explicar con precisión quirúrgica cómo operaba ese motor rítmico que invertía todas las reglas de la música popular: “En la mayoría de las bandas, los músicos siguen al baterista. Nosotros no: Charlie seguía a Keith, Keith no seguía a Charlie. Charlie seguía a Keith, así que Keith siempre estaba una fracción de segundo por delante. Y yo me recostaba detrás de Charlie, de modo que siempre quedaba un poco por detrás de él”. Ese engranaje milimétrico de tres capas —la guitarra rítmica de Keith empujando ligeramente por delante, el golpe de Charlie respondiéndole un microsegundo después y el bajo de Wyman sosteniéndolos desde atrás— fue la fórmula secreta del swing stone. Una elasticidad rítmica casi humana, un vaivén peligroso y perfecto que ninguna otra banda de rock logró jamás replicar. De esa jerarquía silenciosa pero inapelable nació una de las anécdotas más célebres de la mitología stone, ocurrida en octubre de 1984 en un hotel de Ámsterdam. Según un célebre relato generado por Keith Richars, un Mick Jagger entonado tras una noche de fiesta, llamó por teléfono a la habitación de Charlie a altas horas de la madrugada y gritó al auricular: “¿Dónde está mi baterista?”. Charlie, que ya estaba descansando, no dijo nada. Se levantó, se afeitó cuidadosamente, se puso un traje impecable con corbata y zapatos lustrados, bajó al piso donde estaba la habitación de Jagger, golpeó la puerta y cuando apareció Mick le propinó un certero y seco puñetazo en la mandíbula que lo dejó tumbado sobre la mesa y le dijo fríamente: “Nunca más me vuelvas a llamarme ‘tu baterista’. Vos sos ‘mi’ cantante”. Pero detrás de la superestrella involuntaria del rock habitaba, sobre todo, un melómano devoto y refinado. El verdadero amor musical de Charlie siempre fue el jazz. Diseñador gráfico de formación y conocedor enciclopédico de la era del bop, formó sus propias bandas paralelas —como el Charlie Watts Quintet o su Big Band— para homenajear a sus ídolos de juventud. Esa pasión lo convirtió además en un apasionado coleccionista de piezas históricas y rarezas. Charlie atesoraba partidas originales de partituras manuscritas, primeras ediciones literarias y, muy especialmente, instrumentos y accesorios que habían pertenecido a los gigantes de la batería de jazz que moldearon su toque: tesoros vinculados a figuras tutelares como Max Roach, Kenny Clarke, Art Blakey, Roy Haynes o su venerado Chico Hamilton. Coleccionar esos kits e instrumentos no era para él un mero fetichismo mercantil, sino una forma de mantener un vínculo físico y espiritual con la tradición musical que le dio vida a su arte. El último concierto La historia de los Rolling Stones está plagada de mitos, pero su último capítulo junto a Charlie Watts parece extraído del guion de una película de catástrofes. Ocurrió la noche del 30 de agosto de 2019 en el Hard Rock Stadium de Miami. Nadie en el estadio, ni los propios músicos, sospechaba que esa velada marcaría el final de una era. Originalmente programado para el sábado 31 de agosto como el gran cierre de la gira norteamericana No Filter, el concierto se vio amenazado por la inminente llegada del huracán Dorian, una tormenta que avanzaba hacia las costas de Florida con la categoría 4 de destrucción. Ante la orden de evacuación y el peligro inminente, la banda y la producción tomaron una decisión sin precedentes: adelantar el show veinticuatro horas. El equipo técnico montó el colosal escenario a contrarreloj en un clima de absoluta tensión. Cuando los Stones salieron a escena, la atmósfera era eléctrica. Al factor climático —que incluyó un diluvio tropical intermitente que empapó el escenario— se le sumó una mística inusual aportada por el público. Al tratarse de Miami, miles de fanáticos de América Latina viajaron para el cierre del tour, transformando el estadio de fútbol americano en un reducto sudamericano. Flameaban banderas argentinas que el propio Mick Jagger llegó a subir al escenario, mientras otras decoraban la mítica batería de Charlie. Esa noche, la banda tocó con una urgencia y una furia sagradas, sabiendo que el huracán les pisaba los talones. En medio de un setlist memorable, que incluyó un set acústico con joyas como “Sweet Virginia” y “Dead Flowers”, y una versión abrasiva de casi 13 minutos de “Midnight Rambler”, Watts se mantuvo como el ancla imperturbable de siempre. Mientras el viento y la lluvia azotaban el estadio, su metrónomo humano continuó dictando el pulso con esa elegancia tan suya. El tramo final del concierto adquirió un peso histórico demoledor. El show cerró con dos himnos: “Brown Sugar”, canción que los Stones jamás volverían a interpretar en vivo debido a controversias posteriores sobre su letra, y finalmente, bajo una lluvia torrencial, “(I Can’t Get No) Satisfaction”.Ese redoble final de “Satisfaction”, ejecutado con precisión quirúrgica bajo el cielo encapotado de Miami, fue el último golpe de palillo de Charlie Watts sobre un escenario. La pandemia de 2020 congelaría los conciertos y, en agosto de 2021, el mundo lloraría su partida. Aquella noche de furia, rock y amenazas climáticas en Miami quedó grabada para siempre en la historia de la música como el adiós definitivo del motor de los Rolling Stones. A cinco años de su partida, el hueco que dejó en el escenario es inmenso. Los Rolling Stones siguieron rodando porque el show debe continuar, pero el pulso del rock perdió a su caballero más elegante. Se lo extraña en cada compás, en esa mueca cómplice hacia Keith y en esa forma tan suya de recordarnos que la verdadera grandeza no necesita gritar para hacerse notar. Sus cinco temas más destacados “Get Off of My Cloud” (1965). Es una de las demostraciones más brillantes de cómo Charlie podía tomar el control absoluto de un tema desde la agresión y el groove. Frente al riff punzante de guitarra, la batería de Charlie entra como una ráfaga de golpes secos y atronadores en el redoblante. Es un ritmo urgente, marcial y acelerado que no da tregua, convirtiéndose en el verdadero motor que empuja la rabia joven de la canción. “Sympathy for the Devil” (1968). En una pista dominada por la densa polirritmia de las percusiones afro-cubanas (las congas de Rocky Dijon y las maracas), Charlie entra con una contundencia magistral. Lejos de recargar el patrón, ejecuta un ritmo de rock/jazz sincopado, marcando el acento con un golpe de redoblante seco que funciona como el ancla de todo el trance. Su entrada le da la estructura dramática necesaria para que el tema pase de una danza tribal a un rock satánico e irresistible.“Honky Tonk Women” (1969). Es la clase magistral definitiva sobre esa mezcla del silencio y el swing. La canción empieza con el famoso cencerro tocado por el productor Jimmy Miller y, cuando entra Charlie, lo hace con un patrón rítmico cruzado que descoloca la métrica por un segundo antes de encajar a la perfección con el riff de Keith. Es una lección de síncopa: ese pequeño retraso antes de marcar el golpe de tambor es la esencia misma del groove stone.“Gimme Shelter” (1969). El ejemplo supremo de su uso del espacio y la dinámica. Mientras las guitarras tejen una tormenta apocalíptica, la batería de Charlie entra con una sutileza propia del jazz, marcando el pulso con el hi-hat antes de soltar latigazos secos en el tambor que imitan la inminencia de una tempestad. No hay notas de más: su swing pesado pero flexible crea la tensión dramática que sostiene toda la épica del tema.“Beast of Burden” (1978). Es, quizás, la lección más magistral de Charlie sobre cómo construir un groove sensual, holgado y puramente R&B. Mientras las guitarras de Keith Richards y Ronnie Wood se entrelazan libremente en ese célebre diálogo rítmico, Charlie no busca marcar el terreno con agresividad; en su lugar, sienta una base de seda. Su trabajo en el hi-hat y el golpe seco del redoblante le dan al tema un aire respirable, dejando el espacio justo para que la voz de Jagger navegue. Demuestra que la verdadera maestría de un baterista no está en la sobrecarga de notas, sino en crear la atmósfera perfecta para que la canción fluya.
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